domingo, 6 de noviembre de 2011

En mis dolores de cabeza

Pasa el tiempo, vuela como ave rapaz que no se detiene ante su presa: pasan los segundos, los minutos, las horas; pasan los días, los meses… pasa todo y nada me pasa porque me he encerrado en mi cobertizo y me he empeñado en no abrirle la puerta a nadie.

Intento correr, saltar, dejar de soñar por un segundo y olvidar todas aquellas películas que vi y aquellos cuentos que leí para, así, poder bajar de esta nube y abrir la puerta a algo nuevo. Me he encerrado en mi mundo: autista, callada, soñadora… Me he supuesto errante en una realidad que no me gusta y me callo… Me callo cuando quiero desaparecer de esos instantes en los que la luz exterior entra por mi ventana.

Prefiero mi cueva, mi caverna; prefiero no ver nada que ver todo aquello que el mundo me puede dar. Prefiero vivir a oscuras, ignorante de los designios que la vida tiene para mi, ignorante de un mundo en el que yo no asisto a las reglas de normalidad aparente.

Yo debí nacer en otra época. Mi pensamiento es tan novelado, tan antiguo, tan romántico que vivo como si en mi cabeza hubiera un autor decimonónico que me impreca sus palabras y hace que las espute, que las diga a voz en grito en un lugar donde los sentimientos solo son el eco abstracto de aquellas épocas pasadas donde el poder era lo único que no atendía a los designios del amor verdadero.

¿Para qué lucharon tantos, para qué murieron, para qué escribieron tantas y tantas palabras si hoy, cuando la libertad es plena, el amor se convirtió en libertinaje y se perdió? Me gustaría saberlo, pero siento que cada vez sé menos del mundo y entiendo menos lo que soy y lo que hago aquí.

Yo solo quiero querer como mi corazón quiere y ha querido, porque es tanto lo que siento en mi interior que a veces pienso que voy a explotar para perderme entre tantos y tantos seres asentimentales.

No quiero seguir viviendo en un mundo donde mis pensamientos son para los locos. No me siento loca ni enajenada, solo confusa ante un mundo al que le ha dado por vivir de una manera en la que el corazón solo es un órgano que nos permite vivir.

Yo siento mis latidos, los escucho e, incluso a veces, los extraño. Yo no escucho voces, ni veo dioses donde no los hay… Solo miro en mi interior y no por ello soy extraña.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La academia de sonrisas. (Historias de Guasalot)

Hace mucho tiempo ya, el mundo era un lugar triste, donde nadie podía sonreír. Sin embargo, en el reino de Guasalot, vivía un haga que tenía el poder de hacer feliz a todo el mundo. Se decía que era tanta su felicidad que podía regalársela a todo aquel que fuera a visitarla, porque era tan bella, que con solo una sonrisa suya, el hombre más triste del mundo podría volver a ser feliz.

Muchos fueron los que se agrupaban a las puertas de su casa para que los sonriera, pero muchos más los que querían conquistar su amor con el fin de alcanzar la felicidad suprema y no tener que volver a pasar penurias. Ella, sin embargo, siempre se negaba a enamorarse porque prefería regalar su sonrisa a todo el mundo y no solo a una persona.

Un día llegó a Guasalot un hombre extranjero que había recorrido medio mundo para encontrar al hada. Él había sido muy desgraciado desde pequeño, quedó huérfano con tan solo tres años y su vida había sido una inmensa serie de penurias.

Una noche, estando en una taberna, escuchó hablar del hada, de la que decían que era el ser más maravilloso de la tierra. Después de escuchar, estupefacto, la historia de aquel hombre decidió buscar la felicidad allá donde fuera.

Tardó casi diez años en llegar hasta Guasalot. Cuando llegó a la muralla del reino, venía magullado y harapiento. Tenía la ropa llena de sangre de heridas y su cara estaba negra por la mezcla del polvo del camino y las lágrimas derramadas.

Estando ya ante la muralla, cayó rendido y estuvo tirado en el suelo hasta que un campesino lo recogió y lo llevó a su casa. Estuvo durante diez días postrado en la cama, donde, mientras dormía, relataba su historia a través de los sueños.

El campesino, después de escucharlo, llamó al hada para que fuera a visitarlo. Al llegar a la casa, la sombra empezó a invadir la cara del hada como si, de repente, toda la felicidad que tenía se hubiera esfumado. Al ver al extranjero sintió una punzada en el corazón, como si una flecha le hubiera atravesado.

Se acercó lentamente y, justo cuando estaba rozando con las manos el cabecero de la cama, el extranjero despertó, cruzando la mirada con el hada, lo que hizo que se sintiera el hombre más feliz del mundo.

Pasaron los días, las semanas, los meses y el hada y el extranjero cada vez estaban más unidos. Pasados los años se casaron y tuvieron un hijo. Éste adquirió el don de su madre de hacer feliz a la gente y el gusto de su padre por viajar. De esta manera, decidió recorrer la tierra regalando una sonrisa para que, con el tiempo, el mundo pudiera ser un lugar feliz.

Tras muchos años viajando y haciendo que la gente sonriera, él volvió a Guasalot y allí fundó una escuela de sonrisas en la que no era necesario un don como el suyo, sino las ganas de hacer feliz a la gente. Por eso y, gracias a él, desde ese momento, el mundo está plagado de hombres que te hacen sonreír.

(A los payasos y a aquellas personas que en algún momento de mi vida me hicieron sonreír)