sábado, 26 de febrero de 2011

Miedo a la oscuridad

Me he parado a pensarte en un segundo y parece que ha pasado media vida. Me siento como una loca que se enajena por los golpes que mi mente recoge y devuelve con el fin de destrozarme en aquellos instantes que creo ver la luz. Pero no, todo está obscuro y, sí, de repente me he dado cuenta de que tengo miedo a la oscuridad.

Me he percatado de que cuando mi sino se turba, se me agacha la mirada y no sé decir lo que, en verdad, estoy sintiendo. Mi temperamento se torna orgulloso, prohibiéndome decir algo más de lo que mis ojos trascriben, porque piensa que ese espejo es suficiente para el mundo.

Pero, en realidad, hay ocasiones en que me encantaría librarme de esas ataduras; me encantaría luchar contra mis propios fantasmas y, por más que la guerra sea dura, por más que pierda la mitad de mis mesnadas en desentrañar mis complejos sentimientos, quiero hacerlo, porque gano más pidiendo perdón, que permiso.

Quiero vivir de pie, aunque eso implique sentir mi cuerpo amoratado. Quiero salir de ese barro en el que mis rodillas están presas y limpiarme, dejando que mis heridas se curen y mis ojos enjuguen sus lágrimas para presentarme ante ti y no volver a cometer el mismo error pasado.

Quiero olvidar esos sueños en los que te pierdo y no te veo nunca, quiero superar ese miedo a perderte porque, aunque lo piense, no arreglo nada lamentándome por un futuro que, quizás, ni llegue. Lo único que es real en ellos es que me hacen añicos mis entrañas, mientras que, a la vez, doy pie a que se cumplan.

Si de verdad reparase en mis intenciones, podría darme cuenta de que son totalmente contrarias. Mi inocencia me hace solitaria y, mi soledad, insolente. Me refugio tras una máscara que, quizás, después de tanto tiempo, ha pasado a formar parte de mi. Soy como un caballero con su yelmo y su armadura, me caracterizo por ello y, si alguna vez no aparezco así, parece que no soy yo.

No soy yo, porque detrás de ese caparazón hay un corazón malogrado por las reyertas continuas que se le plantean y, en su alarido, se contempla a sí mismo como una sombra; como una materia desdeñable que quiere que sus amores tenga una base ascética que no encuentra y que hacen que se pierda y se someta a su peor crítica.

Y porque esa crítica es voraz, no puede someterse al dolor que le provoca lo ajeno, porque, si no, moriría en el intento de luchar y, así, su vida, realmente, no valdría la pena. Por eso, el refugio es su mejor jugada, porque es la única forma de que su debilidad no lo condene y, en su juego, pueda decir: “ jaque mate”.

domingo, 6 de febrero de 2011

la autonomía del hombre.

Parece mentira que cuando más quieres que todo salga bien, más crasos son tus intentos; cuando quieres que el tiempo te espere es cuando más corre y, cuando más lo esperas, se demora, se atasca en el segundo más inn-oportuno que existe. Sí, parece mentira, pero esta es la verdad más categórica y mordaz.

Esa verdad que ataca como un puñal momentáneo que destroza, que hiere y que, sobre todo, aburre. Y aburre tanto, que llega a un punto en que las palabras que te salen a borbotones solo van directas al punto más débil que encuentras y aquí estamos, intentando no superar los espectros del sonido gritando a los cuatro vientos que no quiero más condescendencias, ni mentiras, ni penas…

Que cansa ver una mirada de tristeza cuando ni siquiera te la mereces, que me pierde el subconsciente ver que el mundo cree que la melancolía es cuestión de perdedores, porque no. Me cansan esas personas- por llamarlos de algún modo- que se conforman con la idea de que estamos predeterminados y solo tenemos que esperar lo que nos depare ese azar. ¡Maldita sea la falta de autonomía intelectual!

Me hastía esa superstición continua y ese atolondrado “todo llega” porque ya estoy en un punto en el que la paciencia está reventando los marcos que tiene para sí, dando pie a un aluvión de sarcasmos que nadie querría sentir en suspropias carnes.
Puede que esté melancólica e irascible, que haya llegado a pisar las líneas del dogmatismo más radical, pero, por discreción, prefiero escribir que lanzarlo al aire, porque me refugio entre tintas para que el mundo no se escandalice cuando estoy a punto de estallar dando un alarido que ensordezca.

Y prefiero que me lean, porque el tono se da en notas subjetivas; porque se puede entender como pura literatura o como la biografía más hastiada que se pueda escribir y, ahí está la cuestión, que cada uno lo entienda como quiera.

Ni yo, siquiera, sé qué es lo que escribo, ni lo que leo… Solo sé lo que estoy viendo y a veces dudo de que tampoco sea verdad. Ni siquiera yo me entiendo, pero tampoco quiero que nadie intente desentrañar los sentimientos que hoy tengo. Solo me basta con tenerlos y saber que existo más allá de las fronteras de un pensamiento arcaico de subordinación respecto a fuerzas mayores. Porque vivo en autonomía o, al menos, lo voy a empezar a hacer.