lunes, 12 de abril de 2010

un lugar en nunca jamás

Salí de mí y el mundo se me venía encima, la gente me miraba y yo, como si nada, seguía mi camino solitario mientras echaba unas poquitas migas de pan para no perderme.

Miré al cielo, pero solo vi unas nubes que, de vez en cuando, me saludaban a su manera. Miré todo lo que me rodeaba y solo alcancé a ver tres o cuatro árboles que custodiaban aquella explanada ingente a la que había llegado. De nuevo, miré al frente e intenté seguir mi camino, sin embargo, en el centro de mi senda se abrió una zanja que cortaba la llanura en dos mitades.

No me hizo falta ni plantearme si podría cruzarla. La zanja se expandía hasta el horizonte abrasando el paisaje con un halo de desilusión, de sombras, de trastorno. Intenté rodearla, buscar un paso por donde cruzar pero, a pesar de todo, la zanja cada vez se abría más separando mi yo de mi ello.

Volví a desandar lo andado y me senté en el punto donde había dejado mi camino. Crucé las piernas y, mientras apoyaba mi cara sobre las manos, el sol iba declinando. En ese momento, una mujer vestida de encaje se elevaba con un niño entre sus brazos haciendo gala de una oscura espesura bajo sus pies.

Seguí allí, pensando cómo podría acabar con aquel estorbo que se imponía ante mí. La mujer seguía elevándose mientras que yo me sumía en un sueño. Veía una gran ciudad, humo, cemento, alquitrán... Un sinfín de personas que iban y venían como un péndulo, mujeres muertas, azotadas por un loco que aún andaba suelto; animales maltratados e intoxicados por el mal uso de la producción artificial, hombres buenos internos en una cárcel de cristal y papeles.Golpee cada muro de esa prisión, intenté romper aquel hechizo que estaba desquebrajando el mundo, el camino que yo estaba siguiendo.

Allí seguía durmiendo, mientras la zanja se hacía aún más grande; tanto, que caí en ella sin ninguna posibilidad de salvarme. Intenté despertarme, pero ya era tarde. Sin embargo, mientras mis ojos luchaban contra su incapacidad de abrirse, mientras que no dejaba de ver aquella prisión que me llamaba, sentí que mi cuerpo se posaba sobre un campo de flores.

Al instante, una mariquita comenzó a subirme por el brazo haciéndome sentir un pequeño cosquilleo que me acercaba a una sonrisa. Seguía subiendo hasta que llegó a mi hombro y, como si fuera mi conciencia, con un susurro que me abrumó los sentidos me dijo: despierta.

En ese instante abrí los ojos y lo encontré junto a mí, era él, el chico que estaba al fondo del horizonte. Sin embargo, esta vez, nada nos separaba. Estábamos él y yo, sentados frente al fuego leyendo aquella aventura que tantas veces me hizo soñar: un lugar en nunca jamás.

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