viernes, 29 de enero de 2010

haiti

Se escucha el zumbido del aire que recorre calles viejas. Siente el silbido de un segundo que se pasa y vuela como un ave a la que el mundo no ha tenido el gusto de observar. En ese instante todo tiembla y se encoge y muere el quejido de un niño para el que nada, absolutamente nada, será igual que ayer.

La brisa recorre los últimos rincones de este lugar . El aire ahoga y las cuerdas del tiempo se han tensado para que todo cambie en esas vidas que, pobres, han dejado de luchar por lo que les deparaba el futuro, porque el presente ya se ha encargado de romper toda la ilusión que les quedaba.

Las madres buscan a los niños que pueden haber quedado sepultados por el olvido. Ya no hay vida en este tramo tan natural, tan verde; y solo, entre la espesura, se observan los escombros de unos sentimientos que se desvanecieron en un polvo que la misma naturaleza se ha encargado de alquilar.

Es el momento. Ya no hay último ni primero; el poder igualatorio del destino y de la muerte se hace presente en el momento menos esperado y ya llegó, inquieto y a la vez inerte.

Ya no queda nada en este páramo, las sonrisas se desdibujan, las lágrimas se secan y, en la esquina de la última calleja, no ha quedado aquella casa en la que se podía jugar, vivir y soñar con que algún día llegarían lejos.

Lejos, cerca, la realidad nos acaricia de nuevo con su mano más rígida, más fría, más intensa. No caen lágrimas, sin embargo, la impotencia nos ataca la garganta, donde la voz declina con el día.

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