viernes, 29 de enero de 2010

haiti

Se escucha el zumbido del aire que recorre calles viejas. Siente el silbido de un segundo que se pasa y vuela como un ave a la que el mundo no ha tenido el gusto de observar. En ese instante todo tiembla y se encoge y muere el quejido de un niño para el que nada, absolutamente nada, será igual que ayer.

La brisa recorre los últimos rincones de este lugar . El aire ahoga y las cuerdas del tiempo se han tensado para que todo cambie en esas vidas que, pobres, han dejado de luchar por lo que les deparaba el futuro, porque el presente ya se ha encargado de romper toda la ilusión que les quedaba.

Las madres buscan a los niños que pueden haber quedado sepultados por el olvido. Ya no hay vida en este tramo tan natural, tan verde; y solo, entre la espesura, se observan los escombros de unos sentimientos que se desvanecieron en un polvo que la misma naturaleza se ha encargado de alquilar.

Es el momento. Ya no hay último ni primero; el poder igualatorio del destino y de la muerte se hace presente en el momento menos esperado y ya llegó, inquieto y a la vez inerte.

Ya no queda nada en este páramo, las sonrisas se desdibujan, las lágrimas se secan y, en la esquina de la última calleja, no ha quedado aquella casa en la que se podía jugar, vivir y soñar con que algún día llegarían lejos.

Lejos, cerca, la realidad nos acaricia de nuevo con su mano más rígida, más fría, más intensa. No caen lágrimas, sin embargo, la impotencia nos ataca la garganta, donde la voz declina con el día.

lunes, 11 de enero de 2010

romeo ha muerto

Me pregunto ¿para qué sirven las palabras? si, por más que las conjugue para que jueguen perfectamente en su valle blanco, nivoso, el viento sopla en un zumbido suave y se las lleva.

Me pregunto ¿para qué sirve un sentimiento? si, por más que se fortalezca, otra persona puede romperlo en mil pedazos como un cristal que choca contra un muro implacable de cemento, que no se mueve ni se derriba a pesar de los impactos que recibe.

¿Qué fue de todo eso de que el tiempo cura la inmadurez y las heridas? ¿Dónde quedó mi tiempo? pues, ¿dónde quedó la cura de este cuerpo indómito que se niega a ver las realidades?

Soy un Sancho quijotizado por una sociedad hueca. Creo ver la veracidad de las cosas pero, sin embargo, las hormigas me amedrentan y los gigantes me causan risa. Veo narcisos, sueño con mares de sirenas que cantan soledades y de repente, cuando despierto, encuentro que es la efigie de una roca la que causa ese mar tan rojo que atrae los ruidos espantosos de ambulacias que vienen a por mi.
Vuelco la sonrisa en ese vaso blanco que ha ahogado mi vida. Soy el Sancho beodo que escondimos al mundo y baño mi sentido con la droga más profunda del alma y me pregunto, otra vez, ¿ para qué?


Me pregunto¿Para qué sirve un adiós? si, por más que lo digamos, mañana volvemos a aquel punto, sufriendo, para decirnos lo mismo, para repetir el sentido de esta vida que me espera, que te espera.

Me pregunto¿ para qué sirve un beso? si, por más que signifique que existe el amor, queda como una marca de impavidez ante un sentimiento que se extrapola a todos los sentidos.

¿Qué fue de eso de ser romántico? ¿Dónde quedó aquel sentimiento inviolable que existía? Vivo soñando con que todo sea más que pura física pero sucumbo al empirismo y desisto, ya que: "si no lo veo, no lo creo".

Soy un Sancho quijotizado por una sociedad hueca. Me desvanezco en un sentido que no conozco, que no supera el tacto de un mundo inerte que desmenuzo entre mis dedos.
Acaricio lo que puedo alcanzar, pero no llego a ese punto donde el sueño es realidad. Sigo buscando pero nada ni nadie me ayuda a llegar a ese fin tan ansiado, tan perfecto, tan irreal como el destino.
Mojo mis manos en ese extenso mar blanco donde mis dedos se arrugan. Soy el Sancho beodo que escondimos al mundo para que no desvelase esa verdad que la droga más pura del alma desvela y me pregunto, otra vez, ¿ para qué?